La certificación ecológica


Certificarse o no, ese es el dilema. Han sido varias las ocasiones en las que se nos ha planteado la cuestión de si no sería una buena idea, o incluso una necesidad imperiosa para seguir en este mundo, obtener el certificado ecológico, la hojita verde.
Han sido muchxs quienes nos han señalado que, ya que hacemos todo el esfuerzo de ser ecológicos de facto, deberíamos, aunque sólo sea como operación de marketing, dar el paso y certificarnos. Nos abriría muchas puertas, nos dicen. Y es muy probable. Lo que no tenemos tan claro es si queremos abrirlas ni a quienes dejaríamos fuera en el caso de hacerlo.
En última instancia hemos dicho siempre que no, tras sesudas valoraciones de los pros y los contras. Vaya por delante que respetamos profundamente a quienes tienen la certificación, de hecho, entre nuestrxs productorxs hay quienes lo tienen, y quienes no. Pero hay una cuestión clave que siempre nos devuelve a la casilla de salida: el sobrecoste, y la repercusión que tendría en el precio final. Sinceramente, estamos dispuestos a hacer todo lo que esté en nuestra mano, a usar las mejores y más éticas materias primas, a cambiar azúcar bio de dudosas condiciones laborales y sociales por otro de comercio justo producido por una cooperativa cubana, todo por hacer el producto más coherente. Pero lo que no queremos es convertirnos en un producto para élites económicas y culturales. Además de las materias primas, los procesos que usamos para elaborar nuestros productos en un horno de leña tan antiguo, y el combustible que quemamos, leña de encina y roble, suponen ya de por sí unos elevados costes. No podemos introducir uno más y subir el precio final para mantener nuestros márgenes en los límites de la dignidad, porque sería pedirle al consumidor que lo asuma.
El sello cumple su papel cuando lxs intermediarixs son lxs protagonistas y el productor y lxs consumidorxs quedan en un segundo plano. Por ejemplo en un supermercado. Carrefour no le puede contar a sus clientxs quién produce y cómo se produce lo que se van a llevar a la boca, ni explicarle todo el valor que hay detrás de unas acelgas, unas madalenas o un pan. Sin embargo, y ésta es una de nuestras ventajas frente a la hidra de 7 cabezas, nosotrxs os podemos abrir de par en par las puertas de nuestro horno y contaros qué y porqué hacemos lo que hacemos. Nosotrxs y sobre todo nuestrxs queridxs amigxs y aliadxs en esta lucha, el pequeño comercio, que son quienes nos conocen y quienes hablan de nosotrxs como abuelas, quienes miman aquello que les entregamos y lo venden con el cariño y el reconocimiento de lo que está bien hecho.